Confinados

El otro día, hablando con Lucía, surgió una idea en un grupo de Telegram con otra gente para intentar hacernos la cuarentena un poco más llevadera el escribir un relato con x palabras, 5, creo recordar, que dijéramos entre todos.
Como uno no puede estarse quieto y el aburrimiento es muy malo, aquí os traigo el mío. Corto, simple, para entretenerme. No tenía pensado publicarlo, pero igual entretenemos a alguien. Llevaba muchísimo tiempo en el que mi redacción habitual eran artículos del blog, periodismo, más periodismo y notas de prensa. Esta vez se vio alterado. Enjoy.

Confinados

La  normalidad desapareció. Lo cotidiano, lo normal, lo habitual, mutó hasta un punto extraño. Un punto en el que consiguió confundirse con lo que no lo era, haciéndonos dudar de la reacción de las personas. Confundiéndonos hasta igualar las 5 de la tade o de la madrugada, esa extraña hora a la que es tan sospechosa una princesa que vuelve de fiesta como un perro que emerge de un rincón oscuro.

Un encierro nos encontró de sorpresa. Un mundo nocturno, en ocasiones oscuro, activo, extraordinariamente activo, enmudeció. Hasta no oír coches en las calles, no haber personas hablando a altas horas de la noche en la puerta de cada bar, de cada pub, de cada restaurante, compartiendo cigarros y confidencias. Hasta hacernos echar de menos besos, abrazos y acercamientos que antes rechazábamos por habituales, por insistentes, por demasiado frecuentes.

Convertimos nuestro mundo lleno de estímulos en uno donde nuestra máxima compañía era la música. Aquel en el que de conseguir un plátano en un supermercado se hizo una lucha titánica. Donde algunos se tenían a ellos mismos, y, otros, a su familia más cercana. El resto de relaciones solo eran virtuales. Igual que los trabajos. Igual que los abrazos. Igual que el dinero. Que las tiendas. Lo real dio paso a un mundo donde todo era intangible. Donde el único respiro que teníamos para ver el exterior era mimar a nuestros perros, que podían salir a la calle.

La culpa de este confinamiento, de llegar a casa un día, abandonar nuestra cazadora en el respaldo de una silla, o en la percha de un armario, sine die, solo la tenía alguien. COVID-19,  le llamaron. Un virus letal, pensaron unos. Una conspiración global de gobiernos, pensaron otros. El inicio de una III guerra mundial silenciosa, creyeron muchos más.

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